LA RELIGIOSIDAD POPULAR EN LA CULTURA DOMINICANA

 

En el marco de esta IV Semana Social de Santo Domingo, dedicada a “La Identidad Cultural Dominicana, Orígenes y Manifestaciones”, en esta Universidad Católica de Santo Domingo, abordaremos el tema de la Religiosidad Popular.

 

Agradezco a los organizadores de esta jornada de reflexión sobre nuestra cultura, la oportunidad que me ofrecen de compartir con ustedes mi experiencia pastoral, como sacerdote diocesano.

 

Debo iniciar mi presentación señalando que lo voy a compartir esta tarde no es tanto fruto de una investigación sociológica o antropológica, ya que no soy sociólogo ni antropólogo. Las lecturas que he hecho han sido instrumentos obligados para tratar de comprender mejor las manifestaciones de la “Religiosidad Popular” o “Religión del Pueblo”, como la llama el documento de la III Conferencia General del Episcopado reunida en Puebla, México en el año 1979.

En las conclusiones del documento final, los obispos definen la religión del pueblo como el conjunto de hondas creencias selladas por Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y las expresiones que las manifiestan. Se trata de la forma o de la existencia cultural que la religión adopta en un pueblo determinado. La religión del pueblo latinoamericano, en su forma cultural más característica, es expresión de la fe católica. Es un catolicismo popular”. (Puebla, 444)

Mi interés por estas expresiones de la fe católica se inició cuando, recién ordenado fui asignado a la parroquia San Juan Bautista de Bayaguana. Allí, como todos sabemos, hay una fuerte tradición en torno al Cristo. El santuario del Cristo de Bayaguana es uno de los centros de peregrinación nacional desde hace varios siglos.

El párroco en aquél momento de 1979 era un misionero colombiano ya fallecido, que llegó al país a raíz de la muerte de Trujillo. El Padre Maldonado llamó mi atención una mañana cuando discutía acaloradamente con un comisario del Cristo. El enfrentamiento vino por un asunto de la cuota que le tocaba al comisario por haber traído las ofrendas de los devotos. El párroco había establecido un 20% y el comisario quería más.

Esa noche tuve una interesante conversación con el veterano sacerdote. Me explicó que los devotos del Cristo enviaban sus ofrendas con el comisario, porque no podían acudir personalmente a Bayaguana.

Por lo que le escuché decir no había recibos ni comprobantes de las ofrendas recibidas y para entregarse en la iglesia.

¿Por qué simplemente no cogía más dinero y entregaba menos al sacerdote y así se evitaba aquella agria discusión, pregunté ingenuamente.

“El nunca tocaría el dinero del Cristo, pero al sacerdote si le puede quitar más le quita y si me descuido me engaña al contarme el dinero”, me respondió.

Miremos lo que subyace detrás de esta anécdota:

El dinero recibido es sagrado, es una ofrenda, como lo son los toretes ofrecidos al Cristo o a la Virgen de la Altagracia en Higüey o a San Antonio en Guerra. Como es dinero ajeno, es decir del Cristo, no se puede tocar, pero una vez entregado al cura, si este se descuida…no hay problema, porque ya no es del Cristo sino de la iglesia, del cura.

Se establece una clara diferencia entre uno y el otro. Lo que hay detrás de esta actitud es la firme creencia, la fidelidad a una convicción y un respeto riguroso a la promesa hecha al Cristo de Bayaguana.

Mi contacto con los comisarios del Cristo me llevó a tratar de comprender este fenómeno de una fe en Dios, vinculada a la Iglesia católica, pero alejada de la institución eclesial.

Se puede ser católico sin ir a la iglesia, se puede creer en Dios y en la Virgen sin creer en los padres y las monjas. Una cosa es la fe en los misterios y otra es seguir las normas del obispo o del Papa.

 

Otra experiencia: Llegué a Villa Mella, en los días del ciclón Georges, que devastó una parte del país en 1998. Aquella zona fue muy afectada.

Siete días después del ciclón se celebraba la fiesta de San Miguel en Mata los Indios. El antiguo párroco me había insistido en visitar la comunidad durante la fiesta. La primera pregunta que me surgió aquel 29 de septiembre es si podía acceder a la comunidad. Había tratado de visitar otras comunidades en los días siguientes al ciclón y no pudimos porque los caminos estaban bloqueados por los árboles derribados por la tormenta.

Pues les cuento que sí pude llegar hasta Mata los Indios. El camino había sido cuidadosamente limpiado por la comunidad. La enrramada de la fiesta reconstruida. Se había alquilado una planta de emergencia para el equipo de sonido y naturalmente allí estaba la orquesta, previamente contratada. Los 21 niños, que representan los 21 espíritus de las tres naciones, lucían sus relucientes trajes blancos y toda la comida necesaria estaba en preparación.

¿Qué fuerza poseía esta devoción a San Miguel que había puesto tantos recursos en movimiento en una pobre comunidad en las cercanías de la ciudad de Santo Domingo?

Esta interrogante me acompañó en mis lecturas, conversaciones, contactos y visitas en los siguientes años. Esta práctica de la fe popular, de la cultura dominicana posee una fuerza increíble. Ahí empecé a profundizar en sus raíces, que son las mismas de nuestra cultura dominicana.

 

El profesor Victor Pieñeyro nos entregó en una ocasión una lista de paralelos entre santos católicos y deidades del vudú dominicano. San Miguel corresponde a Bilié Belcán. Un luá muy poderoso y respetado. Su fiesta tiene carácter nacional en nuestro país. La noche del 28 de septiembre se escucha en todos nuestros pueblos el retumbar de los tambores que tocan en su honor.

La pregunta que me hago como pastor, como compañero de ruta en el peregrinar de mi pueblo es: ¿Qué hay de Dios, qué hay de la fe cristiana en estas manifestaciones de nuestro pueblo. Es simple tradición o costumbre?

Juan Pablo II al iniciar la Conferencia de Puebla, se refiere a esta religión del pueblo como “un acervo de valores que responde con sabiduría cristiana a los grandes interrogantes de la existencia. La sapiencia popular católica, tiene una capacidad de síntesis vital; así conlleva creadoramente lo divino y lo humano; Cristo y María, espíritu y cuerpo; comunión e institución; persona y comunidad; fe y patria, inteligencia y afecto. Esa sabiduría, continúa el Papa, es un humanismo cristiano que afirma radicalmente la dignidad de toda persona como hijo de Dios, establece una fraternidad fundamental, enseña a encontrar la naturaleza y a comprender el trabajo y proporciona las razones para la alegría y el humor, aun en medio de una vida muy dura. Esa sabiduría es también para el pueblo un principio de discernimiento, un instinto evangélico por el que capta espontáneamente cuándo se sirve en la Iglesia al Evangelio y cuándo se lo vacía y asfixia con otros intereses” (Juan Pablo II, Discurso inaugural Puebla 448).

La celebración de San Miguel, como la de la Dolorita en los Morenos, convoca muchedumbres, tiene una fuerza social que no puede pasar desapercibida. Es expresión del sentir de un pueblo y aunque vinculada a la iglesia católica, no depende de ella.

Traduce una visión o una cosmovisión que nos descubre lo que somos como nación, lo que nos identifica culturalmente.

Esta religión del pueblo es manifestación de una manera de ver la vida, de enfrentar los grandes desafíos e interrogantes de todo ser humano.

Guarda en nuestra alma dominicana las cadenas que todavía nos atan al yugo: la superstición, el fatalismo, la idolatría del poder, el miedo al poderoso, el desprecio a la mujer y a nuestros orígenes. Una relación poco gratuita con Dios y con los santos. Una parte del alma de nuestro pueblo no ha sido todavía tocada por el Evangelio y su fuerza liberadora. Eso incluye a muchos de nosotros, dirigentes de esta amada Iglesia Católica.

Busca la respuesta a las grandes preguntas sobre la vida y la muerte, el bien y el mal. Busca saber cómo me debo relacionar con Dios y mis ancestros. A dónde van los muertos y cuál su relación con nosotros los vivos.

En los Morenos, por ejemplo, llama la atención el espacio físico que se crea alrededor de la imagen de la virgen morena de la Dolorita. La noche de la fiesta se mezcla todo: música, baile, rezos, ron, sexo, plenas, comida y risas. Jóvenes y viejos, lugareños y visitantes. Estudiosos y creyentes. Curiosos e incrédulos. Van las señoras de la comunidad cristiana y el gagá del batey cercano. El sacerdote y las religiosas. Todo en un ambiente bucólico y surrealista. Salpicado de velas y fuegos artificiales. Caminata, peregrinación, visita y acogida. Sin violencia y sin muchas normas. Parece que las reglas toman vacaciones y que lo importante es pasar un buen momento y agradar a la virgen. El tiempo se detiene entre los vecinos de Punta de Villa Mella

No hay violencia. “El que pelea en la Dolorita, no vuelve a fiesta” dice la leyenda. Se evita la confrontación para evitar el castigo que trae infringir una de las pocas leyes de esta víspera del viernes de dolores.

Al día siguiente hay una misa con ochenta personas. Notable contraste con los cuatro o cinco mil de la noche anterior.

Como sacerdote traté de entender este mundo cercano y lejano a la vez. Leí con pasión del notable trabajo de Wendalina Rodríguez Velez  El turbante blanco”, que ella subtituló “muertos, santos y vivos en lucha política” Un estudio antropológico de la Dolorita y la familia Moreno. Sus orígenes mezclados con el nacimiento mismo de la República. El papel de la fe de este pueblo en la lucha por la libertad y la propiedad de una tierra sagrada, porque pertenece a la Virgen de los Dolores ¿o tendríamos que decir a Metré Silí, deidad que corresponde a esta devoción?

La parroquia del Espíritu Santo de Villa Mella acoge en sus fiestas los Congos reconocido por la UNESCO como patrimonio cultural intangible de la humanidad. Recientemente murió el capital Sixto Minier, con quien tuve la alegría de sostener largas y enjundiosas conversaciones. Me tocó como párroco seguir los pasos de Jesús Calm, quien llegó como joven sacerdote desde Cataluña a mezclarse con los morenos de aquí. La fiesta del Espíritu Santo es la fiesta de Kalunga, deidad africana, fuente de vida e inspiración. Se toca el tambor, se baila el pripri, los palos, los congos. Se va a la iglesia y canta con voz ronca y firme las canciones ancestrales que nos enseñaron los viejos. Los adolescentes se visten de reyes y reinas. Se come y se juega. También se reza y se ofrecen promesas.

Con un grupo de estudiantes, futuros sacerdotes, hice en una ocasión un ejercicio. Hagamos la lista de las manifestaciones de fe de nuestro pueblo que más poder de convocación tienen. Salió pronto el culto a los difuntos en todas sus formas, las velaciones, peregrinaciones, horas santas, novenas y fiestas. Pero saben ustedes lo que dejó atónitos a estos futuros sacerdotes: En ninguna de ella era necesario un sacerdote. Y surgió la pregunta: entonces nuestro pueblo ¿puede seguir viviendo su fe sin la presencia de un pastor?

Si el padre va a la peregrinación bien, sino va tan bien. Si está en la novena bien, sino no vino tan bien.

Pero resulta que esta religión del pueblo está íntimamente vinculada al calendario católico, se guía por él. Cada año venían los mayores a preguntarme por fecha de la fiesta del próximo año. Fiestas móviles que dependen de la Pascua. Fiesta central del año litúrgico católico y que depende del inicio de la primavera y su primera luna llena.

La historia se remonta al Concilio de Nicea que tuvo que zanjar las diferencias de prácticas en torno a la Pascua de Resurrección. Finalmente se convino en el 325 que el domingo siguiente a la primera luna de primavera se celebraría la fiesta central de la fe católica: la Vigilia Pascual.

Cuando les entregué el calendario para los próximos 20 años, no lo podía creer. Ya los Morenos y la gente del Mamey saben cuando caerá su fiesta el 2012.

El origen de nuestras devociones y celebraciones se pierde en la noche del tiempo. Proviene del tiempo oscuro de la esclavitud en estas latitudes. Nuestros ancestros traídos a la fuerza de Africa trajeron con las cadenas y los grilletes sus dioses. Cruzaron con ellos el Atlántico para vivir con ellos en esta nueva tierra.

Los españoles, al igual que los franceses y portugueses no permitían el culto a los espíritus de los negros esclavos. Estos descubrieron muy pronto el truco: fiesta católica de San Miguel, festejamos Belié Belcán; fiesta católica de San Carlos, noche de Candelo; día de Santiago, cantamos a Ogún Balenyó.

Así quedamos contentos todos: el patrón al ver que los esclavos creían en sus santos y nosotros porque tenemos un día sin arado, sin machetes, sin sudor, sin dolor y podremos libremente celebrar nuestro culto y conseguir la protección de los dioses.

Hay quienes hablan de sincretismo para hablar de la religión del pueblo. Otros preferimos hablar de prácticas paralelas. Es cierto que hay mezclas. Lo acabamos de ver. La frontera en entre el catolicismo y el vudú dominicano es muy sutil, es más breve que el Masacre, que se pasa a pié. Pero lo cierto es que más gente de la que pensamos tiene una doble práctica. Reza a Dios y ofrece maní a los niños para agradar a San Miguel. Nos parecen anacrónicas las viejas leyendas de ánimas que vagan por el mundo porque no han encontrado descanso, pero no nos atrevemos a matar un cocuyo.

Ese es mi caso: Después de un par de años en el Instituto Católico de París, siguiendo cursos de Pastoral, me encontré una noche con mi buen amigo el Padre Jean Marc en el campo de mis padres, cerca de La Vega. Noche oscura y sugerente del valle del Cibao. Una luciérnaga, un cocuyo se asoma y el torpe francés abre su manota para atraparlo. Lo detengo con la advertencia que eso no se hace.

Finalmente le cuento la leyenda de las ánimas en pena y me cuestiona si creo o no en eso. “Claro que no creo en esas historias, pero yo nunca he matado un cocuyo y nunca lo mataré, digo… por si acaso”.

En el fondo de nuestra alma dominicana duerme un negro que sueña con la libertad de las tierras de Africa. Por eso nuestras madres guardaban el ombligo en un pañuelo. Cuando estuve en Haití descubrí por un dicho el posible origen de esta costumbre.  En Creol para saber sobre lugar donde naciste se pregunta “kote yo enteré lombri ou?” ¿Dónde enterraron tu ombligo?  Porque en Africa se entierra el cordón umbilical en el mismo lugar donde nace la criatura. Los esclavos guardaban su ombligo para poder enterrarlo en la tierra de donde venían. Soñaban con que un día brillaría el sol de la libertad y podrían retornar a la madre patria y cumplir la obligación de depositar allí, donde correspondía, el ombligo de sus hijos.

¿Sabían nuestras madres el motivo de esta vieja costumbre? ¿Lo sabemos nosotros?

Quiero terminar con otras preguntas, porque en realidad yo tampoco conozco las respuestas.

¿Qué debe hacer nuestra Iglesia para acercarse a la fe de nuestro pueblo?

¿Será sensato seguir descalificando todo aquello que no entendemos sin hacer el esfuerzo serio de estudiarlo y comprenderlo?

¿Qué cambios debemos incluir en nuestro culto católico para que nuestra gente se sienta acogida y pueda celebrar su fe?

¿Qué podemos hacer para evangelizar nuestra cultura dominicana, para que nuestra alma dominicana pueda ser tocada por los valores del Reino que inició Jesús de Nazaret?

¿Qué iniciativas debemos tomar para proteger los aspectos positivos de esta religión del pueblo de los ataques que le ocasiona la sociedad actual?

 

P. Abraham Apolinario

Universidad Católica de Santo Domingo

25 de junio de 2008